Miércoles, 26 Junio 2019
Super User

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Comenzamos un itinerario catequético que seguirá el “viaje”: el viaje del Evangelio narrado en el libro de los Hechos de los Apóstoles, porque este  libro nos muestra ciertamente el viaje del Evangelio, como el Evangelio ha ido más allá, y más allá, y más allá. Todo comienza a partir de la resurrección de Cristo. Efectivamente, no es un evento entre otros, sino la fuente de una nueva vida. Los discípulos lo saben y, obedientes al mandato de Jesús, permanecen unidos, concordes y perseverantes en la oración. Se reúnen en torno a María, la Madre, y se preparan para recibir la potencia de Dios no de manera pasiva, sino consolidando la comunión entre ellos.

Esa primera comunidad estaba formada  por 120 hermanos y hermanas, más o menos: un número que lleva dentro de sí el 12, emblemático para Israel, porque representa a las doce tribus, y emblemático para la Iglesia, a causa de los doce apóstoles elegidos por Jesús. Pero ahora, después de los dolorosos eventos de la Pasión, los apóstoles del Señor, ya no son doce, sino once. Uno de ellos, Judas, ya no está allí: se había quitado la vida aplastado por el remordimiento.

Ya había comenzado antes a separarse de la comunión con el Señor y con los demás, a hacer las cosas solo, a aislarse, a aferrarse al dinero hasta el punto de instrumentalizar a los pobres, a perder de vista el horizonte de la gratuidad y de la entrega hasta  permitir que el virus del orgullo infectase su mente y su corazón, transformándolo de “amigo” (Mt 26.50) en enemigo y en “guía de los que arrestaron a Jesús” (Hechos 1:17). Judas había recibido la gran gracia de formar parte del grupo de amigos íntimos de Jesús y de participar en su propio ministerio, pero en un momento dado pretendió “salvarse” la vida con el resultado de perderla (ver Lc 9:24 ). Dejó de pertenecer a Jesús con su corazón y se colocó fuera de la comunión con Él y con los suyos. Dejó de ser discípulo y se puso por encima del Maestro. Lo vendió y con el “precio del crimen” compró un terreno que no produjo frutos sino que se impregnó con su sangre (ver Hechos 1: 18-19).

Si Judas prefirió la muerte a la vida (ver Dt 30:19; Sir 15.17) y siguió el ejemplo de los impíos cuyo camino es como la oscuridad y se arruina (vea Pr 4.19; Sal 1, 6), los once eligieron, en cambio, elegir la vida y la bendición,  hacerse responsables de que fluyese en la historia, de generación en generación, del pueblo de Israel a la Iglesia.

El evangelista Lucas nos muestra que ante el abandono de uno de los doce, que ha creado una herida en el cuerpo de la comunidad, es necesario que su puesto pase a otro. ¿Y quién podría asumirlo? Pedro indica el requisito: el nuevo miembro debe haber sido un discípulo de Jesús desde el principio, es decir, desde el bautismo en el Jordán hasta el final, o sea, hasta la ascensión al Cielo (ver Hechos 1: 21-22). El grupo de los doce necesita ser reconstituido. En este momento se inaugura la praxis del discernimiento comunitario, que consiste en ver la realidad con los ojos de Dios, en la perspectiva de la unidad y la comunión.

Hay dos candidatos: José Barsabás y Matías. Entonces, toda la comunidad reza de la siguiente manera: “Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a  cuál de estos dos has elegido para ocupar el puesto… del  que Judas desertó” (Hechos 1: 24-25). Y, a través de las suertes, el Señor indica a Matías que se une con los once. Así se reconstituye el cuerpo de los doce, signo de la comunión y la comunión supera  las divisiones, el aislamiento, la mentalidad que absolutiza el espacio privado, un signo de que la comunión es el primer testimonio que ofrecen los Apóstoles. Jesús lo había dicho: “Por esto todos los hombres sabrán que  sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros” (Jn 13, 35).

Los doce manifiestan el estilo del Señor en los Hechos de los Apóstoles. Son los testigos acreditados de la obra de salvación de Cristo y no manifiestan su presunta perfección al mundo, pero a través de la gracia de la unidad, hacen que surja un Otro que ahora vive de una manera nueva entre su pueblo. ¿Y quién es este?  Es el Señor Jesús. Los apóstoles eligen vivir bajo el señorío del Resucitado en la unidad entre los hermanos, que se convierte en la única atmósfera posible del auténtico don de sí mismo.

También nosotros debemos redescubrir la belleza de dar testimonio del Resucitado, saliendo de actitudes autorreferenciales, renunciar a retener los dones de Dios y sin ceder a la mediocridad. La reunificación del Colegio apostólico muestra cómo en el ADN de la comunidad cristiana hay unidad y libertad de uno mismo, que nos permite no tener miedo de la diversidad, no apegarnos a cosas y dones y convertirnos en martyres, es decir, testigos luminosos del Dios vivo y operativos en la historia.

 “También nosotros debemos redescubrir la belleza de dar testimonio del Resucitado, saliendo de actitudes autorreferenciales, renunciar a retener los dones de Dios y sin ceder a la mediocridad”.

Estas son las palabras empleadas por el Papa Francisco para llamarnos a seguir el ejemplo de los apóstoles y a “convertirnos en martyres, es decir, testigos luminosos de Dios vivo y operativos en la historia”.

(VATICANNEWS)La Conferencia Episcopal Mexicana (CEM) expresó su “preocupación por la falta de acogida verdaderamente humanitaria a nuestros hermanos migrantes que refleje nuestras convicciones en materia de reconocimiento y protección de los derechos de todos los seres humanos por igual”.

México no debe ser el muro

La CEM reconoce como contradictoria la decisión del gobierno de enviar seis mil efectivos de la Guardia Nacional a la frontera con Guatemala: “Si hemos rechazado como mexicanos la construcción de un muro no podemos convertirnos nosotros mismos en ese muro”.

Los obispos también celebran el acuerdo que evita la imposición de aranceles a productos mexicanos de parte de los Estados Unidos y animan a que “el diálogo continúe y exprese los valores fundamentales de dos países democráticos: el respeto a los Derechos Humanos, la solidaridad entre los pueblos y el trabajo por el bien común de nuestra región”.

Éxito parcial

El verdadero problema no es impedir el paso de los migrantes, sino “promover el desarrollo humano integral para Centroamérica y el Sureste mexicano” y añaden: “México no se encuentra aislado. Es un país hermano que debe construir junto con los países centroamericanos una estrategia que atienda al bien común regional y que no sólo rescate de manera momentánea y un tanto coyuntural, un cierto bien parcial”.

Migrantes. No deben ser moneda de cambio

Los obispos afirman con determinación: “Nuestros hermanos migrantes nunca deben ser moneda de cambio. Ninguna negociación debe colocarse por encima de lo que la Iglesia y la sociedad civil han defendido por años: la no criminalización de los migrantes ni de los defensores de derechos humanos que muchas veces luchan a favor de la dignidad a contra corriente y con riesgos importantes para su propia seguridad”. Por eso, añaden: “Como miembros de la familia humana no podemos ser indiferentes al dolor que muchos de ellos viven y que reclama nuestra ayuda humanitaria y el respeto irrestricto a sus derechos humanos”.

Fraternidad entre los pueblos y desafíos para México

La CEM ante los desafíos planteados por la política estadounidense afirma: “Estamos convencidos de que los mexicanos debemos estar unidos al enfrentar este y otros desafíos globales. Sin embargo, la unidad de los mexicanos no debe construirse al margen de la fraternidad entre los pueblos. Somos todos países complementarios e interdependientes”.

Llamado a los gobiernos de México y Estados Unidos

En su mensaje, los obispos “Piden formalmente a los gobiernos de México y de Estados Unidos hacer un compromiso permanente para privilegiar siempre el diálogo y la negociación transparente en nuestras relaciones bilaterales. No caer en la fácil tentación del chantaje o la amenaza. El bien de cada país se construye velando por el bien de toda la región. No hay futuro más que caminando juntos como hermanos que somos, solidarios y corresponsables”.

La CEM concluye su mensaje afirmando que “No se trata sólo de migrantes: se trata de nuestra humanidad (…) La compasión toca la fibra más sensible de nuestra humanidad, provocando un apremiante impulso a “estar cerca” de quienes vemos en situación de dificultad” … “Pedimos al Espíritu Santo que ilumine a las autoridades civiles de nuestras naciones para que tomen las decisiones más sabias y auténticamente benéficas para nuestros pueblos. Arriesgar con valor a favor del bien común regional, sin sacrificar nunca a alguna de las partes, será premiado por el Señor”.

(ZENIT –11 junio 2019).- El Santo Padre ha pedido “que nuestra vida de santidad sea este ensanchar el corazón, para que la gratuidad de Dios, las gracias de Dios que están allí, gratuitas, que Él quiere dar, lleguen a nuestro corazón. Que así sea”.

El Espíritu Santo libera del miedo, el miedo que paraliza, y la persona que tiene miedo corre el riesgo de apartarse, de auto marginarse, de excluirse, buscando que sean otros los que gestionen. Además el miedo hace a la persona irresponsable, no quiere responder a sus actos, irresponsable también del caminar de la historia y de la sociedad, siente que él no tiene que ver con esto. Puede llegar a pensar que está al margen de los acontecimientos, que en toda su vida está al borde del camino, al borde de la gestión terrenal y puede ser que existan personas que vivan al margen del camino dejando que otros decidan por ellos.

Al recibir a los delegados de la Reunión de las Obras de Ayuda a las Iglesias Orientales, el Papa Francisco exhortó a escuchar el grito de quien ha sido despojado de la esperanza y a aumentar el compromiso con los jóvenes deseosos de un futuro de paz