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Martes, 27 Junio 2017
Llamados desde la eternidad

 

8 Abr. 15 (Diócesis de Matagalpa)El profeta Jeremías experimentó que su vocación a la vida, a anunciar la Palabra de Dios, a cumplir su misión de profeta en medio del pueblo de Israel, es un llamado desde la eternidad, desde siempre y para siempre: “Antes de haberte formado yo en el vientre, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí” (Jer 1,5).

 

Esta misma experiencia, este momento vivo, el profeta Isaías, lo siente en su corazón: “Yahvé desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó ni nombre. Me dijo: ‘Tú eres mi siervo en quien me gloriaré” (Is 49, 1.3).

Dios es el Señor de la vida. Dios es el Señor de la historia. Dios es el grande, el fuerte, el poderoso, el Santo, el misericordioso. Es él quien llama, quien elige. Por eso, cada uno de nosotros somos eternos en Dios, porque de él hemos salido, por él hemos sido concebidos, él nos pensó, él nos configuró, él nos llamó desde su misma existencia; a él tornaremos y a él volveremos, a él caminamos y hacia él peregrinamos. Él es “el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22, 13).

Y sólo en esta grandeza de vocación es que podemos entender la preocupación de Dios por el hombre. No somos hijos de la casualidad, no somos hijos de la coincidencia. Somos hijos de la eternidad, somos hijos de la sabiduría de Dios, somos hijos de su grandeza, somos hijos de su pensar, somos hijos de su designio. Él es nuestro Padre. Por eso, hemos de valorar y tener en primacía la vida, la existencia, el ser. Tú vales la eternidad de Dios; tú vales el designio, la sabiduría, el pensamiento, la delicadeza, la ternura, el cariño con que Dios te formó.

 

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