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Santa Marta: La “paz del pueblo” se siembra “en el corazón”

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(ZENIT).-  La “paz del pueblo” o de una nación “se siembra en el corazón” y “si no tenemos paz en el corazón, ¿cómo pensamos que habrá paz en el mundo?”, planteó el Papa Francisco.

Hoy, 9 de enero de 2020, en la homilía de la Misa en la Casa Santa Marta, el Santo Padre ha reflexionado en torno a la primera lectura del día en la que san Juan señala el camino para alcanzar la paz.

Una “paz segura”

Francisco señaló que no podemos “ser cristianos” si somos “sembradores de guerra” en la familia, en nuestro vecindario, en el lugar de trabajo. Y ha pedido que “el Señor nos dé el Espíritu Santo para permanecer en Él y nos enseñe a amar simplemente, sin declarar la guerra a los demás”.

Del mismo modo, también invocó a Dios, para que otorgue a todas las personas una “paz segura”. Para el Papa, al hablar de paz, “inmediatamente pensamos en guerras, que no haya guerras en el mundo, que haya paz segura, es la imagen que nos viene siempre, paz y no guerras, pero siempre afuera: en ese país, en esa situación… Incluso en estos días que ha habido tantos fuegos de guerra encendidos, la mente inmediatamente va allí cuando hablamos de paz, [cuando oramos para que] el Señor nos dé la paz”.

Y añadió que “debemos orar por la paz mundial, siempre debemos tener ante nosotros este don de Dios que es la paz y pedirlo para todos”. Por otra parte, el Pontífice exhortó a cuestionarse cómo la paz va “a casa”, si nuestro corazón está “en paz” o “ansioso”, “en guerra, en tensión por tener algo más, dominar, hacerse sentir”.

Paz en el corazón

En este sentido, subrayó que la “paz del pueblo” o de una nación “se siembra en el corazón” y “si no tenemos paz en el corazón, ¿cómo pensamos que habrá paz en el mundo?”. Y describió que esto es algo en lo que “habitualmente” no pensamos.

La primera lectura de hoy, de san Juan Apóstol, prosiguió, “nos muestra el camino hacia la paz interior” que consiste en “permanecer en el Señor”, pues donde está el Señor hay paz.

Permanecer en el Señor

Dios es el que hace la paz, recalca el Obispo de Roma, “es el Espíritu Santo que envía para hacer las paces dentro de nosotros. Si permanecemos en el Señor, nuestro corazón estará en paz; y si habitualmente permanecemos en el Señor cuando cometemos un pecado o un defecto, será el Espíritu quien nos hará saber este error, este desliz”.

Para poder permanecer en el Señor, el apóstol dice que es preciso amarse los unos a los otros, algo que Francisco considera, “el secreto de la paz”.

Amor verdadero

El Papa Francisco también se refirió al “amor verdadero”, aclarando que no se trata del que aparece en las telenovelas o en el “espectáculo”, sino el que empuja a hablar bien de los demás. Así, subrayó que, “si no puedo hablar bien, cierro la boca”, ya que hablar a las espaldas y criticar a otros es hacer “guerra”.

El amor “se ve en las cosas pequeñas”, describió el Santo Padre y afirmó que si la guerra está presente en nuestro corazón, “habrá guerra en nuestra familia, habrá guerra en nuestro vecindario y habrá guerra en nuestro lugar de trabajo”.

Hablar con espíritu de paz

Además, aludió a  los celos, la envidia y los “chismes” y los definió como “mugre”, malos hábitos que conducen a hacer guerra entre nosotros y destruirnos. Frente a ello, el Papa invita a reflexionar sobre cuántas veces hablamos “con espíritu de paz” y cuántas “con espíritu de guerra”, así como sobre cuántas veces somos capaces de decir: “todos tienen sus pecados, yo miro los míos y los otros tendrán los suyos, así que cierro la boca”.

Asimismo, Francisco recordó que “ensuciar” al otro “no es amor” y tampoco es “la paz segura que hemos pedido en la oración”.

La semilla del diablo

Finalmente el Santo Padre declaró que cuando el diablo enciende el “fuego” de hacernos hacer la guerra, “está feliz, porque ya no tiene que trabajar. “Somos nosotros que trabajamos para destruirnos”, “somos nosotros que llevamos a delante la guerra, la destrucción, destruyéndonos primero a nosotros mismos porque sacamos el amor y luego a los demás”, puntualizó.

Y concluyó comentando que se puede ser “dependiente de este hábito de ensuciar a otros”, “una semilla que el diablo ha puesto en nuestro interior”.

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