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Papa Francisco:La Palabra da vida a cada creyente

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Eminencias, queridos hermanos en el episcopado, hermanos y hermanas,

Con las palabras del apóstol Pablo, doy la bienvenida, a quienes están “en Roma, amados por Dios”, deseándoos “gracia y paz” (Rom 1: 7). Doy las gracias al cardenal Tagle por el saludo que me ha dirigido en nombre vuestro. Os habéis reunido con motivo del quincuagésimo aniversario de la Federación Bíblica Católica. Este jubileo os dará la oportunidad de hacer balance de vuestro servicio eclesial y de confirmaros mutuamente en el compromiso de difundir la Palabra de Dios.

Vuestra reflexión se ha desarrollado en torno a dos palabras: Biblia y vida. Yo también quisiera deciros algo sobre este binomio inseparable. “La palabra de Dios es viva” (Heb 4:12): no muere ni envejece, permanece para siempre (ver 1 Ped. 1:25). Permanece joven en presencia de todo lo que pasa (ver Mt 24:35) y defiende a quienes la ponen en práctica del envejecimiento interior. Es viva y da vida. Es importante recordar que el Espíritu Santo, el Dador de vida, ama obrar a través de las Escrituras. La Palabra lleva el aliento de Dios al mundo, infunde el calor del Señor en el corazón. Todas las contribuciones académicas, los volúmenes que se publican están y no pueden sino estar al servicio de ello. Son como la leña que, cuidadosamente recogida y ensamblada, se usa para calentar. Pero así como la leña no produce calor por sí misma, tampoco lo producen los mejores estudios; sirve el fuego, se necesita el Espíritu para que la Biblia arda en el corazón y se convierta en vida. Entonces la buena leña puede ser útil para alimentar este fuego. Pero la Biblia no es una hermosa colección de libros sagrados que estudiar, es Palabra de vida que sembrar, un don que el Resucitado  nos pide que recibamos y distribuyamos para que haya vida en su nombre (ver Jn 20, 31).

En la Iglesia, la Palabra es una inyección insustituible de vida. Por eso las homilías son fundamentales. La predicación no es un ejercicio de retórica y tampoco  un conjunto de sabias nociones humanas:  así solo sería leña. Es, en cambio, un compartir del Espíritu (ver 1 Corintios 2: 4) de la Palabra divina que  ha tocado el corazón del predicador, que comunica ese calor, esa unción. Tantas palabras acuden diariamente a nuestros oídos, transmiten información y dan múltiples inputs; muchos, tal vez demasiados, hasta el punto de superar a menudo nuestra capacidad de recibirlas. Pero no podemos renunciar a la Palabra de Jesús, la única Palabra de vida eterna (ver Jn 6:68), que necesitamos todos los días. Sería hermoso que floreciera ” una nueva etapa de mayor amor a la Sagrada Escritura por parte de todos los miembros del Pueblo de Dios, de manera que… se profundice la relación con la persona misma de Jesús» (Exhortación Apostólica Verbum Domini, 72) . Sería bueno que la Palabra de Dios se convirtiera en “el corazón de toda actividad eclesial” (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 174); corazón que late, que vitaliza las extremidades del cuerpo. Es deseo del Espíritu  plasmarnos como Iglesia  en “formato -Palabra”: una Iglesia que no habla de sí misma o por sí misma, sino que lleva en su corazón y en sus labios al Señor, que diariamente  recurre a su Palabra. En cambio, la tentación es siempre la de anunciarnos  y de hablar sobre nuestras dinámicas, pero así la vida no se transmite al mundo.

La Palabra da vida a cada creyente  enseñando a renunciar a uno mismo para anunciar al Señor. En este sentido, actúa como una espada afilada que, entrando en profundidad, discierne los pensamientos y los sentimientos, revela la verdad, hiere para sanear (vea Heb. 4, 12; Job 5.18). La Palabra conduce a  vivir de forma pascual: como semilla que muriendo da vida, como uva que da vino a través de la prensa, como aceitunas que dan aceite después de pasar por el molino. Así, causando dones radicales de  vida, la Palabra vivifica. No deja tranquilo, interpela. Una Iglesia que vive a la escucha de la Palabra nunca se contenta de las propias seguridades. Es dócil a la impredecible novedad del espíritu. Nunca se cansa de anunciar, no cede a la desilusión, no se rinde en promover la comunión en todos los niveles, porque la Palabra llama a la unidad e invita a cada uno a escuchar al otro, superando sus particularismos.

La Iglesia que se alimenta de la Palabra, por lo tanto, vive para anunciar la Palabra. No habla de sí, sino que baja a los caminos del mundo: no porque le gusten o sean fáciles, sino porque son los lugares del anuncio. Una Iglesia fiel a la Palabra no escatima en proclamar el kerygma y no espera ser apreciada. La Palabra divina, que proviene del Padre y se derrama en el mundo, la empuja hasta los confines de la tierra. La Biblia es su mejor vacuna contra el cierre y la autoconservación. Es Palabra de Dios, no nuestra, y nos aleja de estar en el centro, guardándonos de la autosuficiencia y del triunfalismo, y nos llama constantemente a salir de nosotros mismos. La Palabra de Dios posee una fuerza centrífuga, no centrípeta: no lleva al repliegue interior, sino que empuja hacia el exterior, hacia aquellos  a los que aún no ha llegado. No asegura tibios consuelos, porque es fuego y viento: es el Espíritu el que incendia el corazón y desplaza los horizontes, dilatándolos con su creatividad.

Biblia y vida: comprometámonos a abrazar estas dos palabras, para que una nunca pueda estar sin la otra. Quisiera concluir como empecé, con una frase del apóstol Pablo, que hacia el  final de una carta escribe: “Finalmente, hermanos, orad”. Como él, yo también os pido que oréis. Pero San Pablo especifica la razón de la oración: “para que corra la palabra del Señor” (2 Tes. 3: 3). Recemos y actuemos para que la Biblia no se quede en la biblioteca entre los muchos libros que hablan de ella, sino que corra por las calles del mundo y ponga su tienda donde vive la gente. Os deseo que seáis buenos portadores de la Palabra, con el mismo entusiasmo que leemos en estos días en los relatos de Pascua, donde todos corren: las mujeres, Pedro, Juan, los dos de Emaús… Corren para encontrar y anunciar la Palabra viva.  Os lo deseo de todo corazón y os agradezco todo lo que hacéis.

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