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¿Dónde está Abel, tu hermano?

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“¿Dónde está Abel, tu hermano?. Y Caín responde: No sé, ¿soy yo el guardián de mi hermano?” (Gn 4,9). Ser persona significa ser guardián del otro, los unos de los otros. Sin embargo, en nuestra historia, al hermano que deberíamos proteger y amar se convierte en el adversario a combatir, a suprimir, a matar. En cada agresión y en cada guerra hacemos renacer a Caín. Hoy se ha prolongado esta historia de enfrentamiento entre hermanos, hoy se ha levantado la mano contra quien es nuestro hermano, como si es algo normal, sembrando destrucción, dolor, muerte, represión. La violencia, la guerra traen sólo muerte, hablan de muerte, su propio lenguaje es la muerte.

Cuando el hombre piensa sólo en sí mismo, en sus propios intereses, cuando se deja fascinar por el dominio y el poder, cuando se pone en el lugar de Dios, altera todo tipo de relación de armonía y abre la puerta a la violencia, a la indiferencia, al enfrentamiento, a la guerra, a la muerte (cf. Papa Francisco, 7 de septiembre 2013), a la cerrazón, a la intransigencia, a la intolerancia.

¿Cómo se puede hablar, en las circunstancias actuales, de justicia y de paz? Mi respuesta es que se puede y se debe hablar de ello a pesar de la dificultad que trae. El perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia. En realidad, la verdadera paz es “obra de la justicia” (Is 32, 17). La verdadera paz vela sobre el pleno respeto de derechos y deberes, y sobre la distribución imparcial de beneficios y cargas. Pero, puesto que la justicia humana es siempre frágil e imperfecta, expuesta a las limitaciones y a los egoísmos personales y de grupo, debe ejercerse y en cierto modo completarse con el perdón, que cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas cercenadas (cf. Papa Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Paz, 2002).

¡La violencia y la guerra nunca son el camino para la paz! Que cada uno mire dentro de su propia conciencia, que cada uno salga de sus propios intereses que atrofian su corazón, que cada uno supere la indiferencia hacia el otro que hace insensible el corazón, que cada uno venza sus razones de muerte y que se abra al diálogo, a la reconciliación; mira el dolor de tu hermano y no añadas más dolor, detén tu mano, reconstruye la armonía que se ha roto.

Esto sólo es posible no con la confrontación, sino con el encuentro. La guerra significa siempre el fracaso de la paz, es siempre una derrota para la humanidad. Resuenen una vez más las palabras de Pablo VI: “La Paz se afianza solamente con la paz; la paz no separada de los deberes de la justicia, sino alimentada por el propio sacrificio, por la clemencia, por la misericordia, por la caridad” (cf. Papa Francisco, 7 de septiembre 2013).

Ser hoy verdaderos discípulos de Jesús significa también aceptar su propuesta de la no violencia. "Ama a tus enemigos y ruega por los que te persiguen” (Mt 5, 44) ... esta página del Evangelio se considera la carta magna de la no violencia cristiana, que no consiste en rendirse ante ella, sino en responder al mal con el bien (cf. Rm 12, 17-21), rompiendo de este modo la cadena de la injusticia. Así, se comprende que para los cristianos la no violencia no es un comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad. El amor a los enemigos constituye el núcleo de la "revolución cristiana", revolución que no se basa en estrategias de poder económico, político o mediático. Es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los pequeños, que creen en el amor de Dios y lo difunden incluso a costa de su vida. (cf. Papa Benedicto XVI, 18 de febrero de 2007).

La oración por la paz no es un elemento que viene después del compromiso por la paz. Todo lo contrario, está en el corazón mismo del esfuerzo por la edificación de una paz en el orden, en la justicia y en la libertad. Orar por la paz significa abrir el corazón humano a la irrupción del poder renovador de Dios. Con su gracia, Dios puede abrir caminos a la paz allí donde parece que sólo hay obstáculos y obstrucciones. Orar por la paz significa orar por la justicia. Quiere decir también rogar por la libertad. Orar por la paz significa rogar para alcanzar el perdón de Dios y para crecer, al mismo tiempo, en la valentía que es necesaria en quien quiere, a su vez, perdonar las ofensas recibidas. (cf. Papa Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Paz, 2002).

Las bienaventuranzas son ese nuevo día para todos aquellos que siguen apostando al futuro, que siguen soñando, que siguen dejándose tocar e impulsar por el Espíritu de Dios. ”Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

Felices aquellos que son capaces de ensuciar y trabajar para que otros vivan en paz. “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”. Y si alguien nos pregunta: “¿qué es la justicia?”, consiste solamente en “no robar”, le diremos que existe otra justicia: la que exige que cada hombre sea tratado como hombre” (Cf. Papa Francisco, 16 de enero de 2018).

¿Es posible seguir el camino de la paz? ¿Podemos salir de este espiral de dolor y de muerte? ¿Podemos aprender de nuevo a caminar por las sendas de la paz? Invocando la ayuda de Dios, quiero responder que si es posible. Mi fe me lleva a mirar a la Cruz. Allí se puede leer la respuesta de Dios: a la violencia no se ha respondido con violencia, a la muerte no se ha respondido con el lenguaje de la muerte. En el silencio de la Cruz calla el estruendo de las armas y habla el lenguaje de la reconciliación, del perdón, del diálogo, de la paz (cf. Papa Francisco, 7 de septiembre 2013).

Nos encomendamos a nuestra Señora, a la Patrona de Nicaragua, la Inmaculada Concepción, que Ella nos ayude a vivir y a desear la justicia y la paz que Ella nos ayude a alcanzar la bienaventuranza “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

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